Temporada de verano echada por alto

Jamás se recuerda, en las aguas del Mar de Alborán, tan alta incidencia de medusas, sobre todo, en el litoral malagueño

OPINIÓN

Por Iván González

PRESIDENTE DE LIBRES

He nacido en el barrio de La Trinidad, un lugar muy humilde de la ciudad de Málaga -que, hoy, sigue siéndolo- donde mi familia, a base de luchar mucho en la vida, pudo sacar la cabeza a flote y darnos, a mi hermana y a mí, todo cuanto, a lo largo de nuestra vida, pudimos necesitar; culminando su aporte en nuestro haber con una carrera universitaria, o lo que es lo mismo, con un porvenir. 

Tradicionalmente, cuando aún éramos pequeños -me refiero a la generación del 77 a la que pertenezco-, muchas familias malagueñas estilaban como escapada veraniega futurible, adquirir un pequeño terreno, bien en el término municipal de Rincón de la Victoria, bien en la Axarquía, donde construir, poco a poco, y según las posibilidades monetarias de la época, una pequeña casita de humildes prestaciones en la que, al menos, poder pasar la época estival con la mayor dignidad posible. Era lo que había. Nadie te regalaba nada. Ganar ocio y estado de bienestar era directamente proporcional al grado de esfuerzo personal y/o familiar por progresar y prosperar.

Eran frecuentes los días de verano en que, asidos de la mano de nuestra madre -allá por los meses de julio, agosto y parte de septiembre-, mientras nuestro padre seguía trabajando -hoy, afortunadamente, esto en su mayoría no es así, ya que los cónyuges trabajan por igual, que no en igualdad…- bajábamos la cuesta para dirigirnos a la playa. Y, como punto de encuentro, nos reuníamos los amigos para bañarnos en unas aguas -las del Mar de Alborán- prácticamente vírgenes, donde las ´natas´ típicas de los veranos de hoy, escaseaban por aquel entonces; razón por la que no era necesario el barco ´quitanatas´ o, ya puestos, llamémosle ´quitamedusas´, por qué no decirlo.

Hoy, en vez de depositar arena en los cubitos de la playa, con los que poder hacer castillos, hay que llenarlos de medusas.

Toda vez que, la extensa área de playa, con una inmensa cantidad de arena, nos otorgaba plena licencia para jugar al balón o a las paletas sin molestar a nadie, o nos permitía extender nuestras toallas a cierta distancia como para que pudiéramos hablar de nuestros anhelos amorosos de verano -o relatarlos- sin ser pillados ´con las manos en la masa´, o al menos, sin ser escuchados. Para mí, este recuerdo que les relato, era como trasladar a la playa ese patio de juegos que te otorgaba paz social, aunque, en todo momento, fuera tutelado por la mirada furtiva de nuestra madre que, entre tanto, charlaba de sus cosas con la mamá de todos y cada uno de mis amigos. Y, al acabar el baño matinal, subíamos de nuevo la cuesta, a pie, muertos de cansancio, con tal de comer pronto, hacer sobremesa y no perdernos un nuevo capítulo de Verano Azul… ¿Recuerda la serie de Televisión Española? Hoy, apenas nos quedan playas medio decentes. Muchas de ellas no han sido debidamente regeneradas. Otras, fueron completamente abandonadas a su suerte.

Pero, los tiempos han cambiado. Hoy, dentro de las pocas posibilidades que ofrece la conciliación laboral, muchos de nuestros hijos pasan buena parte de su tiempo libre veraniego con los abuelos paternos y/o maternos o, en algunos casos, en los campamentos de verano. A decir verdad, ya nada es como antes. Su tiempo real de verano, el de estar con los papás, se ciñe a agosto; mes en el que a duras penas nos podemos tomar un descanso, y que, por tanto, nos permite disfrutar de nuestros hijos, al menos, con algo de plenitud. 

Aquellos valores, que pese a sus limitaciones, nos transmitían los programas de la Televisión de por entonces, en nada tienen que ver con los valores que hoy se promueven. Compare usted la serie de Antonio Mercero con los contenidos infumables de la sobremesa de Tele 5, solo por ponerle un ejemplo. O, en su defecto, le sugiero que ´esté muy al loro´ si tiene hijos en edad de vulnerabilidad, ya que se convierte en milagro, durante pleno zapping infantil, no darnos de bruces con dibujos animados en los que se suelte algún exabrupto o alguna palabra inaceptable -sin tener por qué ser una palabrota-.

El Mar de Alborán es mediterráneo, y su extensión se comprende entre el Estrecho de Gibraltar y la línea imaginaria que une la isla de Alborán con el borde litoral almeriense. Mas jamás se recuerda, que en estas aguas hubiera tan alta incidencia de medusas, sobre todo, en las costas malagueñas; pese a que sus características inherentes no fueran propicias a la proliferación de estos invertebrados. Y, no es que haya estudio científico alguno, que yo sepa, que midiera el grado de contaminación de hace años al objeto de establecer una comparativa con el grado de contaminación de las aguas marítimas de nuestros días. Me niego a aceptar que hoy somos personas más contaminantes que en los años 80. 

Ahora bien, lo que sí puede ser probable es que, tanto en el litoral axárquico como en el término municipal de Rincón de la Victoria -inclusive, Torrox y Nerja-, ha aumentado ostensiblemente el número de residentes temporales durante la época estival, en líneas generales, como la afluencia de turistas nacionales y extranjeros, de forma puntual. Reconozco que, en el caso concreto de la Axarquía, siendo una zona mucho más tranquila durante el resto del año, la densidad demográfica se incrementa notablemente en el verano, probablemente debido al auge de las plataformas virtuales, como es el caso de Airbnb, donde se alquilan como turísticas muchas de las viviendas de la zona.

Todo ello viene a colación porque la alta tasa de incidencia de medusas se atribuye a dos razones principales: la contaminación turística  y la sobrepesca de especies, que al igual que las medusas, compiten por el mismo alimento: el plancton. Por tanto, la disminución de sus competidores favorece el incremento de medusas. Si bien, es justo reconocer que en materia medioambiental hemos de concienciarnos de que no debemos verter al mar ningún tipo de residuo que no sea biodegradable, ni dejarlo abandonado en la arena. Ahora bien, he de destacar que la Unión Europea ha sancionado a España por la falta de saneamiento de algunos municipios de la provincia de Málaga. Y es por esta razón por la que, principalmente, las aguas de nuestro mar desprenden mal olor, presentan natas -llegando a producir dermatitis en algunas personas-, y lo que es más preocupante, están atestadas de medusas; todo ello debido al insuficiente número de centrales en la parte oriental del litoral malagueño y a su baja capacidad de depuración cuando tiene lugar el repunte demográfico en la zona durante los meses de verano.

Pese a que la presencia de medusas, tradicionalmente, era correlacionada con las corrientes y el cambio del viento, lo cierto es que este de 2018 es el verano en el que, durante muchísimos días, mayor número de medusas han sido avistadas, lo que obligó a colgar la bandera roja que impidiera el baño. No obstante, preocupa el papel que la contaminación humana juega en ello, ya que el vertido de plásticos al mar ha provocado que la colonia de tortugas en el Mediterráneo se encuentre actualmente en peligro de extinción -a pesar de los esfuerzos realizados por repoblarla-, cuando éstas son las principales depredadoras de estos invertebrados. Ha habido días en los que se han detectado auténticas plagas, en enjambre, a los largo de toda la costa de la provincia; algo que bien podría echar por alto la temporada de verano y, por ende, perjudicar al turismo, entendido como la actividad que da sustento económico a las gentes de la comarca de la Axarquía -uno de los sitios más afectados- y del resto del litoral malagueño.

Si bien, el cambio climatológico de los últimos años o la contaminación por hidrocarburos, también guardan relación con la proliferación de medusas. Pero sin perjuicio de que sea la clase política, sobre todo la dirigente que ocupa las instituciones -y que tienen competencia en ello-, la que debe promover todas aquellas medidas, cuantas sean necesarias, para erradicar esta invasión. No ya solo porque puede mermar la calidad de nuestra oferta turística, sino también porque supone una auténtica faena para los bañistas autóctonos. De pequeños, llevábamos los cubitos para llenarlos de arena y hacer castillos. Hoy, nuestros hijos no tienen más remedio que usarlos para depositar medusas, mientras tienen negado el baño durante muchos de los días de sus vacaciones. No quiero que sea una temporada de verano echada por alto. Busquemos soluciones.