MME, mirando al pasado de las Misiones Diocesanas Vascas

Artículos de opinión

Por Vicente Luis García Corres (Txenti)

Las «casualidades» y el arropo social al proyecto misionero favorecieron el nacimiento de las MMDDVV

El papel del Seminario de Vitoria fue crucial en la puesta en marcha y sostenimiento de esta gesta misionera

Con motivo del octubre misionero proclamado por el Papa Francisco he rescatado el audio de unos programas de radio que elaboré con motivo del 60 Aniversario de las Misiones Diocesanas Vascas. Les ofrezco estos retazos de la génesis de esta epopeya misionera. Es mi aportación a una mirada al pasado. Después vendrá una mirada al futuro.

(a continuación la transcripción del audio que acompaña este artículo)

Apuntes de la Historia  de Misiones Diocesanas Vascas 

La antigua diócesis de Vitoria, desmembrada hoy en tres, Vitoria, Bilbao y San Sebastián, era, allá por 1948, una de las diócesis más florecientes de España. La religiosidad del pueblo vasco era proverbial. Su clero era muy numeroso e iba a la cabeza de toda una renovación espiritual. El Seminario de Vitoria, dotado de una amplísima y actualizada Biblioteca y con un buen cuadro de profesores, era el centro propulsor de todas las renovaciones e ideales sacerdotales de la época.

Junto a otros muchos ideales había despuntado en los últimos años uno que, siendo el más eclesial, resultaba el más original: conseguir que la diócesis de Vitoria se convirtiera en Misionera.

Las campañas para ayudar a las misiones encontraban fácil eco en todos los rincones de la diócesis. Eran muchos los misioneros y misioneras vascos que trabajaban repartidos en toda la geografía misionera del mundo. Pero la diócesis aspiraba a algo más. Quería tener su propia misión. Esto era lo original en la historia de la Iglesia misionera de los últimos siglos. 

Fue, una vez más, el Seminario el centro animador y propulsor de este ideal misionero. En la Asamblea de los propagandistas misionales de la diócesis, celebrada en Saturrarán en 1928 se lanzó por primera vez la idea y en poco más de 20 años se preparó un ambiente favorable en los seminaristas, en el clero y en el pueblo. Durante estos años incluso se pensó con seriedad en algunas posibilidades concretas para que la Santa Sede confiara a la diócesis de Vitoria un territorio de misión. La posibilidad más barajada fue la de una misión en la India, pero no llegó a realizarse.

Así, llegó el año 1948. Era por entonces obispo de la diócesis Mons. Carmelo Ballester y Nieto. Repetidas veces había recibido a seminaristas y profesores que le expusieron  sus deseos de ir personalmente como misioneros a trabajar en un territorio de misión encomendado a la diócesis. Querían seguir siendo diocesanos y trataban de buscar la fórmula de ser misioneros sin dejar de ser diocesanos.

Para ello no había más que un camino, que la Santa Sede confiara a la diócesis de Vitoria un territorio de Misión.

La solución llegó en el momento y en la forma menos esperados. D. Carmelo Ballester en su visita «ad Límina Apostolorum» llevaba en cartera esta inquietud misionera de la diócesis de Vitoria, pero sería S.S. Pío XII quien se adelantaría haciéndole la siguiente pregunta: «Sr. Obispo,¿la Diócesis de Vitoria podría disponer de personal y medios suficientes para hacerse cargo de un territorio de Misión?»

La pregunta del Papa no había nacido de casualidad, por aquel entonces el obispo de la diócesis de Guayaquil, en Ecuador, Monseñor Heredia, había cursado un ruego a la Santa Sede para que encomendase parte de su extensísimo territorio a alguna congregación religiosa o a alguna diócesis, ya que con el clero de que disponía no podía cubrir las necesidades pastorales.

De esta manera la necesidad de una diócesis latinoamericana, y la inquietud de la diócesis de Vitoria llegaron al lugar oportuno y en el momento oportuno, de manera que el Santo Padre sólo tuvo que hacer de intermediario.

El primer paso ya estaba dado, pero su definición no era tan sencilla. El Derecho Canónico de entonces no contemplaba legalmente que una diócesis asumiese directamente un territorio de misión, por lo que hubo que buscar una fórmula para comenzar a trabajar mientras esta laguna legal no fuese solventada.

De esta manera el 15 de junio de 1948 nacía lo que se llamó el Vicariato Apostólico de Los Ríos que dependía directamente de la Congregación Propaganda Fide, el órgano de la Iglesia que controlaba las obras misionales. Si bien esto no se ajustaba a la idea originaria del clero vasco de una Diócesis Misionera no por ello se echaron atrás.

Bastarían pocos meses para que se preparara la primera expedición de sacerdotes diocesanos misioneros.

La despedida que les brindaron en el Seminario y en la Diócesis fue un auténtico compromiso de respaldarles con todo lo que necesitaran para cumplir la misión que aceptaban a nombre de la Diócesis.

El 12 de octubre de 1948 partían en avión desde Madrid los dos primeros misioneros de un grupo de ocho que constituirían la primera expedición. Aquellos primeros representantes de las diócesis vascas fueron: D. Máximo Guisasola, director espiritual de filosofía en el Seminario de Vitoria; D. Elías Zuloaga, coadjutor de Usurbil; D. Victor Garaygordovil, director de la Casa de Ejercicios de San Sebastián; D. Leandro Zaloña, párroco de Barajuen; D. Eusebio Ocerinjáuregui, coadjutor de la Arboleda; D. Gregorio Alonso, párroco de Ariñez; D. Francisco Arraibi, coadjutor de Lekeitio; y D. Luis Alberdi, profesor del Seminario de Vitoria.

A este grupo le siguieron los primeros seglares y las misioneras del Instituto Misionero Secular.

La vocación misionera de las diócesis vascas fue aceptando nuevos compromisos en otras tierras y así, tras la misión de los Ríos seguirían las de El Oro y Manabí, en Ecuador, y otras misiones en Venezuela, Brasil y Chile; en el continente africano la acción misionera se ha desarrollado en Angola, Zaire (actual República Democrática del Congo) y Rwanda.

El objetivo de las diócesis vascas fue desde siempre el tener un territorio propio de misión, pero esto no fue posible desde el principio ya que el Derecho canónico de entonces no contemplaba esa posibilidad. Durante cuatro años los misioneros vascos estuvieron dependiendo de la Congregación Propaganda Fide,

Pero su tesón y buen hacer y el apoyo patente que se hacía desde Euskadi tuvieron su recompensa cuando el 10 de septiembre de 1951 se hacía pública la Bula «Digni sunt» por la que el Vicariato Apostólico de Los Ríos se transformaba en Prelatura nullius dependiendo ahora de la Sagrada Congregación Consistorial y Secretaría de Estado de la Santa Sede. Esto suponía que Los Ríos dejaba de ser un territorio de misión y comenzaba a ser una jurisdicción eclesiástica regida por el Derecho Común de la Iglesia. 

Jurídicamente sí se había experimentado un gran cambio pero en la práctica, en el trabajo del día a día estos cambios no habían repercutido mucho, los misioneros tuvieron que seguir enfrentándose con los problemas concretos de cada momento.

La adaptación al clima y a las condiciones de vida también ha sido una prueba para muchos misioneros, algunos han visto marcada su vida y otros han tenido que renunciar a ejercer su vocación en primera línea para hacerlo desde la retaguardia.

Enfermedades como la malaria, el tifus o la lepra amenazaron en más de una ocasión la salud de nuestros misioneros.

El primero en la larga lista de nombres de misioneros que han tenido que regresar a Euskadi es el de Gregorio Alonso, y uno de los casos más llamativos ha sido el de Iñaki Cámara el misionero de la habitación 208 del Hospital de Leza, que fallecía el mes de agosto de 1997.

La labor de los misioneros tanto en Latinoamérica como en África ha supuesto una implicación en todos los problemas de las gentes de estos pueblos y ello les ha llevado en más de una ocasión ha sufrir las consecuencias de la guerra, de las dictaduras, de la persecución política. Nuestros misioneros han conocido la cárcel, las palizas, las amenazas, los malos tratos, han tenido que esquivar disparos y las minas antipersona.

Todo proyecto precisa de un respaldo económico para llevarlo a cabo. Sin dejar de sentirnos orgullosos por la respuesta que siempre han tenido las campañas misionales en nuestra tierra lo cierto es que todo el dinero siempre era poco para cubrir las necesidades de aquellos pueblos hermanos, y a veces las necesidades más básicas de nuestros misioneros que compartían la suerte de los más pobres de la tierra.

Pero no todos los problemas sucedían allí, a su regreso, tras llevar 3, 5, 10 o más años fuera de Euskadi muchos misioneros, y sobre todo los seglares han vivido graves problemas de readaptación.

Tuvieron que darse amargas experiencias para descubrir que si importante es prepararse para ir a las misiones, no lo es menos para volver. Problemas para una reinserción laboral, social, cultural y económica son ahora tenidos en cuenta para una preparación misionera.

Pero hemos de mirar el futuro con esperanza, nuestros misioneros nos han demostrado que con esfuerzo se pueden alcanzar grandes metas y que las dificultades pueden ser superadas y vencidas.

Esto supone que ante las dificultades económicas todos hemos de arrimar el hombro, ante las necesidades afectivas debe sentirse nuestra presencia, y ante la falta de vocaciones misioneras todos hemos de hacer campaña.

Aún siguen siendo necesarios hombres y mujeres que ofrezcan parte de su tiempo, parte de su vida en la tarea de construir un mundo mejor. Siguen siendo necesarios los dispensarios y los profesionales que los atiendan. Siguen siendo necesarios las escuelas y maestros que enseñen. Y siguen siendo necesarios los catequistas y sacerdotes que transmitan la Palabra de Dios y que administren sus Sacramentos.

Los Ríos, de Prelatura a Diócesis.

En 1948 la provincia ecuatoriana de Los Ríos pertenecía a la diócesis de Guayaquil y era atendida en parte por los misioneros del Instituto norteamericano de Maryknoll. Fueron estos misioneros americanos quienes entregaron a los misioneros vascos las parroquias que regentaban, y hay que señalar que estas se encontraban en perfecto estado. La generosidad llegó hasta el punto de que les obsequiaron a sus sucesores con objetos de uso personal.

La Sagrada Congregación de Propaganda Fide erigió el Vicariato Apostólico de Los Ríos y nombró a su primer Administrador Apostólico en la persona de Mons. Adolfo María Astudillo Morales, quien hasta entonces había sido Vicario General de la diócesis de Guayaquil. 

En este marco jurídico-eclesiástico comenzaron a trabajar los primeros misioneros vascos. Y pronto se dieron los primeros frutos: con la llegada de las misioneras seculares estas se hicieron cargo del primer dispensario en Pichilingue y del primer colegio en Quevedo. A estas obras les siguieron otras: el colegio de niñas de Vinces, el de niños de Mocache, el dispensario de Quevedo, la Procura de Guayaquil o el colegio de Guaranda.

Una obra así en marcha no podía perecer. La Santa Sede manifestó su agrado y aprobación por el trabajo realizado y por ello elevó el Vicariato Apostólico a la categoría de Prelatura Nullius.

Una gran noticia que fue empañada por otra triste. El 10 de septiembre de 1951 se hacía pública la bula de constitución de la prelatura, unos días antes fallecía en accidente de tráfico uno de los pioneros y superior de todos en aquel momento, D. Máximo Guisasola, quien años más tarde daría nombre a uno de los grupos  más pujantes de acción misionera en los seminarios de las diócesis vascas el GMG, Grupo Máximo Guisasola. Quien sustituyó en el cargo a D. Máximo fue D. Victor Garaygordobil. 

Tras Los Ríos vino la provincia de EL ORO que fue eregida en prelatura en diciembre de 1954. En 1957 D. Víctor Garaygordobil pasó a ser nombrado, tras la muerte de Mons. Astudillo, Administrador Apostólico de Los Ríos. Ello permitió que ese mismo año se firmase un contrato entre el Administrador Apostólico de Los Ríos y el Obispo de Vitoria mediante el cual el segundo se comprometía a realizar todos los nombramientos de párrocos de acuerdo con el superior de los Misioneros. 

La vinculación, cada vez más estrecha, de las misiones de Ecuador con las diócesis vascas  quedó confirmada cuando el 30 de noviembre de 1963 D. Victor Garaygordobil era elevado a la dignidad de obispo con el título de Pudenciana y Prelado de los Rios. En 1964 llegaba a Ecuador un nuevo misionero, Jesús Ramón Mtnz. de Ezquerecocha, quien había sido ordenado 5 años antes. Este alavés, nacido en Junguitu, fue párroco en la diócesis de Machala durante 16 años, y durante 8 ocupó el cargo de Vicario General. En 1994 el Papa Juan Pablo II le nombró prelado de Los Ríos sustituyendo en el cargo y funciones a. Victor Garaygordobil.

El objetivo había sido alcanzado pero ello no supuso el desentendimiento absoluto respecto de la nueva diócesis. La colaboración se sigue manteniendo y ello quedó patente con la presencia de todos los obispos vascos en las ceremonias de inauguración de la diócesis y del nombramiento de su obispo que tuvieron lugar los días 14 y 15 de Octubre de 1994. 

El Seminario de Vitoria

El Seminario Diocesano de Vitoria tiene una larga y fecunda historia  relacionada con las Misiones.

El pujante movimiento misionero de la diócesis de Vitoria se inició en nuestro Seminario allá por los años 20. En torno a un excelente sacerdote, D. Angel Sagarmínaga, se agruparon un buen número de seminaristas con gran entusiasmo misionero.

De esta célula misionera inicial surgió la Asociación Misional de Seminaristas de Vitoria con el fin de recaudar fondos para las misiones y difundir el ideal misionero entre la gente. Esta Asociación también pondría en marcha la Academia Misional San Pablo para el estudio de cuestiones relacionadas con las misiones.

Más tarde, durante los años cuarenta se vivió un fuerte resurgir de la espiritualidad del sacerdote diocesano. Esto influyó en gran medida en las aspiraciones misioneras de sacerdotes y seminaristas que vivirían el nacimiento de las Misiones Diocesanas Vascas a finales de esta década de los años cuarenta.

El 2 de octubre de 1948 una emotiva fiesta en el Seminario servía de homenaje y despedida de los ocho primeros misioneros. 

En 1950 la diócesis de Vitoria se dividió en las tres diócesis vascas actuales, pero esto no afectó a la obra misionera iniciada dos años antes. Muy al contrario, los obispos vascos, de común acuerdo, decidieron estar unidos y asumir mancomunadamente esta responsabilidad.

La verdad es que tal y como estaban las cosas, es decir el arraigo que el espíritu misionero se notaba no solo en los sacerdotes y seminaristas sino en el pueblo vasco en general, conducía a que la decisión no podía ser otra que la de seguir juntos en esta empresa.

Una empresa que tiene ya en su haber muchos nombres de hombres y mujeres que han jugado papeles destacados. Pero hoy queremos hacer referencia especialmente a dos que tuvieron una especial incidencia.

En primer lugar nos referimos a D. José Zunzunegui, alma mater de la Facultad de Teología de Vitoria y misionero en la retaguardia. Siempre estuvo respaldando a los misioneros y manejando hábilmente los hilos de una empresa que, desde el principio, se presentó bastante complicada.

El otro nombre es el de D. Máximo Guisasola, uno de los componentes de la primera expedición y la primera víctima en aquellas tierras de Ecuador. Su muerte en accidente de tráfico el 1 de septiembre de 1951, conmocionó a toda la comunidad diocesana.

Pero aquella semilla enterrada allí en Ecuador, dio uno de sus frutos aquí, en Euskadi. Sí, porque este gran misionero dio nombre al Grupo Máximo Guisasola, más conocido como el G-M-G. Este grupo estaba formado por seminaristas de las tres diócesis que se ofrecían para ir a las misiones y, de alguna manera, se iban preparando para cuando llegase el momento. Entre sus muchas actividades tenían una reunión semanal, que en Vitoria la presidía y organizaba D. José Zunzunegui, también hacían campañas misionales para recaudar fondos, y todos los años tenían unas jornadas misionales en Saturrarán.

La Revista Los Rios. 

Nació a la par que las Misiones Diocesanas, tomó el nombre del primer territorio encomendado a la diócesis de Vitoria, y se convirtió en el medio de comunicación misionero más importante en el Pais Vasco. Es la revista «LOS RIOS». Desde el principio el objetivo de esta revista fue acercar el Tercer Mundo a las comunidades cristianas de Euskadi, y a la sociedad vasca en general, a través de la experiencia concreta de los misioneros vascos en los territorios encomendados a la diócesis por la Santa Sede.

En los primeros meses de 1949 salía el primer número, sencillo, de tamaño cuartilla y sin colores. En este primer número se recogía en una carta de D. José Zunzunegui los primeros pasos. En el segundo número se contaba ya con el testimonio directo de los primeros misioneros que relataban con periodicidad sus experiencias, impresiones y aventuras. De entre todos destacó la pluma de Luis Alberdi quien se convirtió en el mejor corresponsal de la primera etapa.

La revista experimentaría los primeros cambios en la portada, esos colores tostado de dibujos y fotografías combinados a veces con unos verdes, rojos o carmín darían paso a unas imágenes coloreadas que se aproximaban más a la realidad.

Las fotografías de misioneros con sotana blanca y sombrero de paja o salacot traían la imagen de un mundo casi, «de película».

En 1976, concretamente con el número 95 de la revista, se cambia a un formato de mayor tamaño, más propio de una revista. Este momento sirve también para experimentar un cambio en sus contenidos. A partir de ahora no solo se ocupará de las Misiones Diocesanas Vascas, la sociedad vasca participa de un clima de tensión social y político que se vive en aquellos años. Otro factor que se vivía con intensidad era el descenso de vocaciones y la crisis del clero que se transmitía a las comunidades cristianas. En el terreno misionero se habían tenido que dejar algunas zonas como Chile y quienes marchaban a las misiones se les interpretaba como huída de la realidad que se vivía aquí.

 Será en 1988 cuando la revista de un salto cualitativo. La portada y la contraportada aparecen en cuatricromía. En el interior las páginas recogen información misionera procedente no solo de las misiones diocesanas sino de otras fuentes. Las últimas mejoras se realizan en el número que aparece en el mes de diciembre de 1995. Primera edición de Los Ríos a todo color. Una maquetación más dinámica y las fotografías a color han hecho de Los Ríos un producto atrayente.

Actualmente la revista tiene un total de 56 páginas, se edita trimestralmente y su tirada es de dieciséis mil ejemplares. Su precio es de 2 euros y se recibe por suscripción.  Llega a los hogares y parroquias a través de una red de corresponsales voluntarios que lleva funcionando 60 años. 

La revista, que se imprime ahora en Bilbao, comenzó, según consta en las contraportadas de los primeros números, en la prestigiosa firma alavesa conocida mundialmente por sus naipes, «HUECOGRABADO FOURNIER»,. El primer número del año 1957 se realizó por primera y última vez en los talleres de Gráficas Laborde y Labayen de Tolosa, porque el siguiente número se confeccionaría ya en la imprenta ESET que estaba en el Seminario Diocesano, concretamente bajo el comedor de teólogos. La revista Los Ríos siguió saliendo de los talleres de Gráficas ESET hasta mediados de los años 80. Esta imprenta desapareció sin que llegase a ella los nuevos adelantos, casi hasta el final todo lo que se imprimía llevaba el proceso artesanal de las letras y las ilustraciones de plomo que con paciencia formaban esas grandes planchas herederas del invento de Gütemberg.

 Aunque en los primeros números no figuran expresamente, los primeros artífices y responsables de esta publicación fueron los sacerdotes Pedro Anitua y José Zunzunegui. Fueron ellos quienes «ficharon» a los entonces seminaristas Manuel de Unciti, que llegaría a desempeñar el cargo de Secretario de las Obras Misionales Pontificias durante 35 años, y Cayo Luis Vea-Murguía, que era por entonces secretario de la academia de misiones del Seminario Diocesano. Cayo Luis mantendría su colaboración durante muchos, llegó en una etapa a responsabilizarse plenamente de la elaboración, maquetación y corrección de pruebas de esta revista.