El encierro de Euspel, sindicalismo y las promesas incumplidas

Artículos de opinión Euskadi

Por Miguel Gutiérrez-Garitano (Ertzaina)

El sábado pasado me dejé caer por la comisaría de Vitoria para acompañar por un rato a nuestro compañero de Euspel Aitor Rabanal, que lleva encerrado desde el día 8, en los escasos metros cuadrados de la oficina del sindicato, recibiendo visitas y confiando cada noche su columna vertebral a un pequeño colchón hinchable. Todo en protesta frente a un sordo, mudo
y ciego Departamento. Confieso que mi visita, además de para poner mi ínfimo grano de arena en el esfuerzo sindical, tenía como fin el reunirme con nuestro compañero, porque desde hace tiempo lo considero una suerte de faro guía laboral. Los que me conocéis sabéis que suelo andar en varias cosas, lo cual no es óbice para que me informe y que crea necesario participar en la
medida de mis posibilidades. Aitor y otros amigos de Euspel me mantienen informado y me marcan el camino a seguir. De tanto en tanto, me plantan frente al inevitable diagnóstico de una «empresa» cada vez más enferma.


-Hay que hacer algo, no podemos seguir así- me decía Rabanal desde su exiguo rincón-. Ya han bajado el sueldo a varias unidades y pronto nos lo tocarán a todos. Acordamos la carrera profesional en 2012 y solo al incluirla en la Ley de Policía hemos conseguido su reconocimiento final, pero eso no quiere decir que cumplan lo acordado, que no lo hacen. Nos deben ya 12
mensualidades. Están unificando comisarías precarizando las condiciones de muchos ertzainas. Lo mismo ocurre con el Acuerdo Regulador, que se niegan a negociar… Y lo peor de todo es que nos exigen que firmemos una suerte de Paz Social bajo promesa de cumplir lo ya acordado en 2021, pero sería firmar a ciegas sin ninguna garantía de que luego vayan a hacer honor a su
palabra…Y esto es inaceptable.


Aitor siguió con su recorrido de vulneraciones de un Departamento cuya norma es incumplir y cuya excepción es ser fiel a la palabra dada.
-¿Y sabes por qué no cumplen? Porque pueden. Porque no pasa nada. Porque no nos plantamos ni nos unimos. Y es muy difícil conseguir una participación acorde a la necesidad del momento. Y encima tienen la excusa perfecta: la pandemia, para, ante nuestras peticiones, decir, «pues mira, no es el momento», pero es que nunca es el momento para el Departamento.
Ni lo va a ser.


Aquellas dos horas que pasé con Rabanal -y también con nuestro esforzado Pentium que allí estaba dando el callo- asistí a las visitas sucesivas de compañeros y jefes, unos apoyando la causa y otros -como es su deberinformándose del estado de la protesta. Pero lo que más me impactó fue la visita de Begoña, la chica de la limpieza. «Hay que luchar» nos dijo después
de interesarse por el compañero encerrado. «Yo llevo -añadió con énfasisuna vida entera luchando; la mayoría de las veces han sido batallas perdidas, pero nunca hemos dejado, ni dejaremos de luchar», nos dijo. Y cuando se marchó recordé las palabras del que fuera Presidente de EEUU, Franklin Delano Roosevelt: «En la vida hay algo peor que el fracaso; no haber intentado nada». Cuento esto porque me dio qué pensar sobre el actual estado de los sindicatos, o de lo que para casi todos -me incluyo en esta
nueva mentalidad- significan. Un familiar cercano, P., primera promoción, trabajador desde los 15 años y varias décadas de ertzaina antes de jubilarse, fundador de un sindicato en la Ertzaintza, me decía: «Tú hablas de lo que tienen que hacer los sindicatos, pero ¿qué son los sindicatos? Los sindicatos somos tú y yo. Deberías hablar de lo que VAMOS a hacer los sindicatos.
Mientras esto no suceda, mientras no entendamos que los sindicatos o somos todos o no son nada, se seguirán mostrando impotentes».


Y creo que no le faltaba razón. Porque de un tiempo a esta parte, sin duda debido también a la desaparición sucesiva de generaciones más guerreras, nos vamos acomodando en la creencia de que son más un medio de QUEJA, que un cauce de PROTESTA; una manera de que nos informen evitándonos el tedioso trámite de estudiar por nosotros mismos el convenio
o la Ley de Policía y una garantía jurídica por si vienen mal dadas. Y es así desde luego, pero deben ser algo más; deben ser el muro donde nos convirtamos en ladrillos que digan BASTA YA. Los sindicatos deben ser la expresión de una lucha y una convicción obstinada; deben ser la firmeza de los compañeros encerrados sin ver a las familias hasta el día 22 de marzo, el
activismo de Begoña y el idealismo de P. Debemos ser tú y yo. Debemos ser Todos. O no habrá suelo para nuestra caída.